martes, 28 de febrero de 2017

Una breve historia

Siempre lo mismo, no logro que las tortillas me queden como las que hacía mi mamá. Intento la receta tal cual me la enseño de niña y no puedo hacer que suban tan lindo como ella lo lograba. Parecían pequeños globos, globos de esos que luego vemos en el cielo que van despacio recorriendo el firmamento.

De niña siempre me gustaba acostarme en el pasto del parque a ver globos pasar; por lo general en las tardes soltaban enormes globos de la plaza mayor y a determinada hora volaban muy despacio por mi cielo, ese que acostada veía. Me maravillaban sus brillantes colores y contaba de uno en uno todos los que pasaban. Uno, dos, tres ..... diez, once .. y a veces hasta veinte llegué a contar. Nunca se me ocurrió preguntar por qué soltaban globos, qué celebración había para que los dejaran volar tan alto.

Un color en particular siempre me hacía soñar, era un liláceo en forma de flor. Era un globo diferente, nada que los demás tenían colores lindos, y formas divertidas, pero este me llevaba a pensar en otros tiempos; era como si me transportara al pasado, a mirar en otros cielos. Y no era tan especial, ni tan hermoso, era la combinación de sus colores y su forma la que me transportaba a otras dimensiones.

Sólo esperaba verlo pasar, cerrar mis ojos y podía sentirme viajando por ese mismo cielo, sentía las nubes a mis pies acariciar mis descalzos dedos y el calor que los rayos del sol daban a mis pequeñas manos. El viento olía diferente en las alturas, era fresco como aquél que siente uno a las orillas del mar, fresco y salado. Cómo si el cielo y el mar se juntaran a esta altura y se volvieran uno.  Y ahí iba yo junto con mi globo favorito a volar, a dejar que mis emociones se tornasen una sola y mi felicidad fuera creciendo al igual que el vuelo de esos globos, despacio. Muchas veces sentí que podía ver a la gente mirándome desde abajo, y que señalaban a la niña que podía con su globo volar. Y había otros días en que mi globo no pasaba y simplemente dejaba de contar.

Intentaré de nuevo la receta, sé que tienen que quedar. Cierro mis ojos, y repaso paso a paso lo que mi madre hacía. La harina, el agua, la pizca de sal... "ah la sal" decía mi madre "todo platillo que se respete debe llevar una pizca de sal" ... ella pensaba que la sal le daba vida a todo, a los platillos y a la vida misma. "Pero si sabe fea" atinaba yo a decir, "hasta me hace hacer caras mamá" ... algún día entenderás que para que lo dulce sepa dulce debe llevar un poco de esas caras que dices hacer, que hasta lo más bello debe llevar un poco de lágrimas para poderlo comprender.

"Cómo mi globo" le pregunté
"¿Tu globo? ¿Cuál globo?"

Y siguío haciendo sus tortillas, y fue ahi dónde me perdí. No seguí los pasos, no supe más que fue lo que mi madre hizo. Simplemente vi mi globo y volví a subir, volví a volar. El cielo de un azul relajante me invitó a salir por la ventana y a mi globo seguir. Me elevé y simplemente me perdí. No quería más que volar, sentir el fresco viento y no ver más allá. No sé cuanto tiempo tuve los ojos cerrados, ni a qué hora desperté. Sólo escuchaba el llanto de mi madre, y sus rezos. Abrí los ojos y nada me fue familiar. Era un espacio frío, mi cielo azul no estaba más ahí. Intentaba pedirle a mi madre que no llorara más que ahí estaba yo, pero parecía no oirme.

Y al final de ese cuarto frío mi globo me llamaba, me hacía querer alcanzarlo. Mi corazón se partía, sigo a mi globo o despierto a mi madre que no paraba de sollozar. Tal vez podía ir con mi globo un momento y luego volver. Tal vez si me desviaba un poco, en un rato más podría volver y abrazar a mi madre. Si, eso haré, me dije. Y nuevamente despegué. Intentaba ver más allá, pero el cielo no tenía el azul de antes, no era obscuro, ni temeroso; simplemente no podía describirlo, era una extraña sensación. La frescura del viento y su dulce aroma había cambiado por algo que no me recordaba a nada. Las vistas se veían tristes, y la gente caminaba sin sentido. Cómo si hubiesen perdido algo y no tenía a dónde más buscarlo. Intentaba mirar sus rostros, encontrarme con su mirada, pero no veía nada .... sólo sentía vacío, sólo sentía desesperanza, era como si su mundo se hubiese acabado y yo no podía entender por qué.
Los veía caminar como sin sentido, el paisaje desolado y la tristeza me hacía querer llorar; pero tenía que seguir, volar más allá. Pero al parecer mi globo quería que viviera un poco más ese desolado paraje, que mirara más a fondo a los habitantes de ese mundo que parecía como sacado de un cuento de esos que mi maestro me leía cuando más niña.

Miraba alrededor, no reconocía nada, ni los árboles ni el sonido de las aves; nada me recordaba mi vida. Eran moradores o guerreros no podía diferenciar, porque todos parecían enfrascados en caminar sin sentido hacía un campo de batalla ya muerto. A un espacio que en otras época seguro fue hermoso, lleno de verdes; pero que hoy parecía el desolado cementerio de una batalla sangrienta.


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